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¿Esa persona soy yo? Editorial Sarah Otoño 2023

Por @luisynilo

mayo 2023

“El poder de la música en español”, con este título sencillo, pero potente la revista internacional GQ presentaba en portada a Karol G. Esto, a propósito de los Global Creativity Awards. Hasta ahí, todo bien, pero la Bichota la al ver el resultado, señaló que la revista la presentaba con “una portada con una imagen que No me representa. Mi cara no se ve así y yo me siento muy feliz y cómoda con cómo me veo natural”.

Lógicamente solo pasaron un par de minutos para que la portada, las palabras de Karol G, y evidentemente el exceso de photoshop aplicado a la fotografía, se tomaran las redes sociales y nos pusieran un tema tabú sobre la mesa, casi como un secreto familiar guardado por años y que de pronto un sobrino escupe sobre la mesa de la cena de navidad: ¿Se le pasó la mano a GQ? ¿Es necesario el photoshop? ¿Es necesario tanto?

No se necesita ser un experto ni el presidente del fans club de la popular bichota para darnos cuenta la que vemos en la imagen “no es ella”. Y es que el resultado del retoque digital a la fotografía que la muestra en un ajustado vestido verde, muy lejos de ser un “exceso”, fue un contrasentido, una suerte de transmutación que no “mejoró” la imagen de la artista, sino que simplemente la cambió. Tomaron una fotografía de Karol G, y luego la reemplazaron por otra mujer a la que le eliminaron curvas (y le acentuaron otras), le hicieron una escalofriante bichectomía, le pusieron implantes de pómulo y seguramente mil otros “detalles” que eliminaron del cuadro a la mujer retratada originalmente. 

Ok, compartimos el análisis. Fue mucho. Pero, dado que el tema del photoshop en el mundo editorial fue desnudado frente a nosotros, hablemos de ello. Hablemos del tabú que significa el retoque digital. Y en ese punto debo decirle amiga y amigo que todas las revistas del mundo utilizan photoshop, todas. Y quien diga lo contrario, simplemente miente.

En Sarah tenemos la obligación (moral, ética y autoimpuesta) de aclarar que todas las fotografías siempre tienen un retoque. De hecho, incluso existen en las producciones personas denominadas precisamente “retocadores”, que son los encargados de pesquisar aquellos detallitos que podrían poner en riesgo el resultado armónico de una fotografía como un detalle de luz, un pliegue o una arruga en una tela; un granito inesperado en el rostro, un cabello volador, etc. Pero también, ¡y que nadie diga lo contrario! se hacen leves retoques para acentuar la figura, mesurar líneas de expresión. Y sí, es un tema tabú, no se habla de ello, pero no por omitirlo, deja de existir.

Cada producción fotográfica tiene un gran trabajo que se traduce en mucho tiempo: horas de maquillaje y peinado, iluminación, vestuario, fotografía y retoques digitales que vienen después. En nuestro caso, desde el día uno hicimos el compromiso de hacer un retoque leve, pues estamos comprometidos con la realidad, y el uso de la herramienta solo busca perfeccionar detalles, no perfeccionar personas. Y esa es una de las máximas premisas de nuestra línea editorial.

Pero todo el revuelvo con Karol G nos llevó a otro lugar, el valle de donde viven los denominados “más papistas que el papa”, zona geográfica donde abunda el “es innecesario”, los “fue un error”, incluso los “qué vergüenza”. Instalados en este lugar, en donde la crítica abunda, uno se pregunta con una incómoda inocencia: ¿Y no vivimos acaso una especie de era del photoshop? ¿No retoca todo el mundo con una app sus fotografías antes de publicarlas? 

Vamos a dar una vuelta ahora por otro valle: Instagram. En este lugar habitan personas como usted o como yo que, a cada minuto, están usando filtros que alteran por completo el rostro, se cambian el color de los ojos sin resquemor alguno, acentúan sus pómulos, simulan bronceados o se aclaran la piel y los dientes, tal como los cirujanos plásticos que en una pantalla nos muestran cómo nos veríamos con la nariz más alzada. 

¿Qué tan negativo consideramos el exceso de photoshop en revistas y artistas si el comentario lo estamos subiendo en un Instagram story, en el que nuestros pómulos perfectos, nuestros ojos azules y nuestra piel de porcelana fue creada un segundo antes con solo deslizar un dedo?

De seguir -y acentuar- este camino, estaríamos generando de nosotros mismos dos personas: la real y la que queremos mostrar, porque ¡ojo! esta práctica no tiene que ver con nosotros mismos, con cómo nos sentimos, sino con cómo nos queremos ver y cómo queremos que nos vean. Y eso -no se confunda- no tiene que ver mucho con el amor propio, sino con la aceptación de otros. 

Finalmente, te invito a ir un paso más allá y preguntarte: ¿Qué ejemplo la damos a nuestras niñas y niños cuando fabricamos una especie de “Sim” (sí, como en el juego) que habita nuestras cuentas de redes sociales y que es una especie de “minimi” mejorado?